Soñar la recuperación

Juan F. López Aguilar, Catedrático de Derecho Constitucional. Presidente de la Comisión de Libertades, Justicia e Interior del Parlamento Europeo y Patrono de la Fundación Pedro Zerolo.

En pleno martes de Semana Santa, el Consejo Europeo se reúne telemáticamente, pendientes como están sobre la mesa decisiones trascendentes. La tensión acumulada desde su última reunión, versionada por la prensa internacional como la de la “crisis más grave desde la IIGM”, explica la floración de alternativas económicas al veto que entonces impuso la “Liga de la austeridad” (también llamada “Hanseática” o “Liga de los frugales”, liderada por Países Bajos y Alemania, halcones frente a los defensores de la solidaridad fiscal y de los eurobonos, liderados, menos mal, por los progresistas al frente de los Gobiernos de España y Portugal, haciendo equipo con Italia).

La línea común (bottom line) es meridiana: ¡De lo que decida y haga y, sobre todo, de cómo se comporte el Consejo ante este desafío, pende no solamente no es sólo la respuesta a la crisis del Covid19! ¡Se trata, digámoslo claro, del futuro de la UE! Expresado sin ambages: si la UE tiene futuro, o no merece tenerlo, ante esta emergencia tremenda y ante las que con seguridad nos aguardan, desde ya, en la globalización.

En efecto, hace apenas dos semanas, incursos ya en el fragor de un contagio exponencial recorriendo el continente, el Consejo Europeo fue incapaz de producir ninguna decisión a la altura de la magnitud del envite. Miopía, egoísmo, ausencia de altura de miras, y una nueva recurrencia de esa propensión de algunos conservadores al darwinismo social: ¡culpar de sus propios males a quienes los padecen, como si, en la oscuridad dogmática de su idea de justicia coronadivina, los hubiese condenados a sufrir el flagelo del Covid y otros permanentemente exentos!

A estas alturas del descontento, sabemos que nada es verdad en la cruel narrativa ordoliberal imperante. Que no hay que buscar culpables sino respuestas, comunes. Que nuestra respuesta al estrago ha de ser europea o no será. Y otra lección emerge con claridad y merece enunciarse con dureza: no es cierto que “estén fallando las instituciones europeas”.

El Parlamento Europeo (PE), con todas las dificultades técnicas de comunicación con que hay que suplir la distancia y la discontinuidad de la interacción dialéctica, ha restablecido su ritmo de deliberaciones, reuniones, debates, y decisiones, votando. Como Presidente de la Comisión de Libertades, Justicia y Asuntos de Interior  (Bureau), la Junta de Portavoces (Coordinator´s Meeting), los/as Comisarios/as del ramo (Democracia, Justicia, Interior…) y  MEPs en sus respectivas funciones legislativas. El Presidente del PE, David Sassoli, ha sido terminante exigiendo una respuesta europea, solidaria, sostenida y financiada con recursos suficientes. La Comisión Europea ha liberado Fondos de contingencia para financiar un Seguro de Desempleo Europeo, programas extraordinarios de investigación sanitaria y farmacológica, y apoyo al sostenimiento de los servicios públicos saturados por la crisis, además de suspender (“flexibilizar”, “relajar”) los parámetros de déficit y deuda en lo que se conoce como “Semestre Europeo”. El BCE ha garantizado liquidez (1 billón de euros) a tipos próximos a cero para financiar la inversión reparadora de daños sociales de los EE.MM.

Es el Consejo, entrampado en su “decisión por consenso” (léase unanimidad), el órgano en que se condensan todas las frustraciones y decepciones que acucian a la ciudadanía de la UE que lo es en tanto que palpita y vive en sus EE.MM. Y es cabalmente por ello que, durante estas jornadas, interminables, intensas, masculladas entre dientes del confinamiento impuesto para combatir el ritmo de propagación del contagio, los media y las redes dan cuenta de una miríada de propuestas para salir del bache. Y para soñar despiertos con la recuperación: eurobonos que permitan mutualizar parcialmente las operaciones de empréstito y endeudamiento en condiciones asequibles y sostenibles; cooperaciones reforzadas; modificación del MEDE establecido en 2012 mediante un Tratado intergubernamental, para financiar estrategias de reconstrucción económica exentas de condicionalidades (es decir, sin exigir “reformas estructurales” que adelgacen sector público) y sin estigmatización de los países que se acojan a sus programas y Fondos (sin MoU y sin “men in black”, de tan infausta memoria).

Bregando en la marejada, los socialistas españoles hemos estado activos, pero sobre todo en el sitio en que nos correspondía estar. En Europa, en la UE, con actitudes europeístas y propuestas emparejadas con nuestra vocación, progresista, europeísta, siempre propositiva, para liderar los cambios. La idea básica en los textos que hemos compartiendo con el conjunto del Grupo S&D del PE, desde la posición de liderazgo que confiere nuestra representación numérica en la familia socialista europea, bajo la presidencia de Iratxe García, se sintetiza claramente: la lección de la experiencia de la Gran Recesión, de la que apenas nos recuperábamos, es que nadie quede atrás, nadie abandonado a su suerte, y menos aún las personas vulnerables, más expuestas a la crueldad con que toda crisis expone las desigualdades.

Proteger a los damnificados de la crisis, cuidando particularmente de las personas vulnerables, supone incurrir en gastos extraordinarios, inversiones no previstas. Ello exige, como mínimo, mantener con celo los ingresos, enfatizando su rigor de su progresividad. Y exige, en lo necesario, poder incurrir en déficit sin ser culpabilizados por ello. Y asumir un incremento de la deuda haciendo posible, al mismo tiempo, financiarla en el futuro, sin morir en el empeño: Ni los mercados financieros ni los especuladores deben ganar ni lucrarse con nuestros apuros de hoy, con lacerante desprecio del coste a transferir a las generaciones futuras. ¡Cómo asegurar liquidez y financiación suficiente (subrayo: no condicionada) para sufragar la reparación de los daños y la recuperación posterior -ese rebote económico y social con que soñamos con ganas- es la cuestión de nuestro tiempo, existencial, para Europa!

Pero, asimismo, se ha insistido en el impacto político de esta emergencia sanitaria. De nuevo el virus del miedo espolea y alimenta el autoritarismo y los repliegues nacionales. La Comisión Europea debe vigilar el estricto acotamiento de las medidas adoptadas por los Gobiernos nacionales de los EE.MM. y su conformidad con el Derecho europeo, el Tratado de Lisboa y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE: en especial con los principios de necesidad y de proporcionalidad, su límite temporal, y la exigencia procedimental de su notificación recíproca y de su coordinación a efectos de la gestión integrada de sus efectos y alcances.

Es el caso de los cierres de fronteras interiores. Y de la limitación de derechos fundamentales, empezando por el de la libre circulación (¡la libertad deambulatoria!), ese bien europeo preciosísimo, tan valioso como intangible en la medida en que se acusa cuánto la necesitamos en cuanto la perdemos.

Y una reflexión no menor: buena parte de la desazón y ansiedad en la que aspiran a pescar los pescadores de río revuelto -radicalismos y extremismos antieuropeos de toda laya- proviene de la percepción de respuestas heterogéneas, sincopadas, desacompasadas en el tiempo y en su profundidad. Aspirar a aprender de las lecciones de esta crisis exige también aspirar a una Unión Sanitaria ante las emergencias, en la que la respuesta a las pandemias que nos acechen en el futuro esté mejor coordinada, mediante la estandarización de los datos disponibles. Afrontar una realidad requiere, primeramente, aprender a conocerla y por supuesto a objetivarla, con datos compartidos por todos y, por lo tanto, fiables, en el escalón analítico de todo los EE.MM.

Durante estas largas semanas, duras de principio a fin, ha cundido la perplejidad, cuando no un estado de sospecha, el remarcado contraste de las cifras de contagiados y víctimas mortales en los distintos países en que posamos la vista. Muchos se han preguntado por qué el Covid19 parece haberse ensañado con unos países… y ser, aparentemente, tan lenitivo en otros, indiferentemente a sus poblaciones respectivas, e incluso a las condiciones o reputación de sus sistemas sanitarios. Cunde por ello en las redes la percepción de que la heterogeneidad de parámetros redunda en ocultaciones cruzadas más que en su transparencia. Lo que conduce, en un clima que nos hace a todos vulnerables a la exasperación que nace de la frustración, a presumir que se nos engaña o incluso que se nos miente, simiente de teorías conspirativas, y fuel para una espiral de expiación a la búsqueda de chivos en que descargar.

La prevención y el combate a estos males, comunes, entraña también un reto e interpelación inminente a la UE que soñamos, y en la que soñamos, insomnes, con la recuperación.

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